The Death of Nothing
Architectural Minimalism rose again from the ground this week. Still not dead, it is 38.
Of course, the undead usually don’t get obiturized. That’s because the undead exist outside of those fundamental human frameworks of beginning and end, outside of the narrative arcs that we project onto the world around us. For the undead, there’s no life support machine to turn off, no last words, no final curtain.
In myths, we can finish off the undead with silver bullets, a stake through the heart or by slicing their heads clean off. In real life though, the undead are harder to destroy. They drift on, unchecked through eternity like debris through space. But maybe, in the real world, an obituary might just be the thing to do it. Maybe an obituary is not just a catalogue of the slings and arrows of a particular life form. Maybe it could gain a little agency. Maybe, in some occult manner, an obituary could perform proactively.
So, we come here to bury Minimalism, despite its own protestations. Don’t listen to its pleas as we throw handfuls of soil onto its grave. For all of us, even for Minimalism, scratching against the lid of its sublime onyx coffin down there, this is really for the best.
According to previous architectural obiturists, Modernism died at 3 p.m. on March 16, 1972, in St. Louis, with the demolition of the Pruitt-Igoe housing complex. But unnoticed at the time, something rose from the clouds of dust, a spectral architectural form. Minimalism was born—not alive, not dead—in this moment, a ghostly incarnation of one half of its genetic forbear just at the moment of death, like a soul leaving a corpse.
Minimalism sprung from the loins of an unlikely union. On one side of its heritage lies Modernism. The Big M, Continental Modernism, complete with revolutionary zeal and commitment to social progress, bearing its utopian dream and its belief that the very substance of architecture might be able to deliver this shining vision.
The other half of its DNA derives from a condition of totalized and singular aesthetic refinement—of high taste, of aesthetic rightness, of absolute disengagement with the world. A kind of nihilist perfection where things, rather than lives, are ordered, whose grand family tree stretches back through the ages. Its names have been legion, though we might call its secret constancy ”Aesthetic.” Throughout time, its power has operated through slight of hand, its invisible maneuvers assimilating opposition and threat through deployment of the most despicable of all tactics: irresistible cold-hearted beauty.
That Minimalism should emerge from these progenitors is the kind of tragedy that would have resonated with the Greeks. Earlier in the century, Modernism had attempted to assassinate Aesthetic, to overthrow its grip on the throat of culture and society, on the hierarchies of power and economics. Minimalism then was born out of this troubled relationship: out of Aesthetics’ anger at Modernism’s murderous intent, like a child of Hera whose sole purpose was to enact matriarchal revenge.
Out of the dust of Pruitt-Igoe, out of the collapse of belief in architecture’s social program, out of the dissolution of planning and the state, out of everything that Modernism had hoped for architecture—and the world—rose Minimalism. To look at it, you might be forgiven for mistaking it for its dead parent. It has the same eyes, the same frame, the same build. It is, as they say, the spit. This, of course, is part of its curse. Minimalism is condemned to reenact the aesthetics of Modernism cut free from politics and program. Its emptiness is a statement of victory of Aesthetics over everything else. Each iteration is a victory party, a dance on the grave of what will now never happen.
Minimalism is the undead form of Modernism, animated by Aesthetics. Like Ed Gein cavorting in suits made from the skin of his victims, Minimalism is a perverted and psychotic condition. It is there every time we look at something beautifully Modern. Its simplicity, its order, its calmness, its smoothness are displayed like the severed heads on Traitors’ Gate: a beautiful warning to architecture. The real perversion? Architects willingly and joyfully enact this macabre ritual.
Though it’s not really alive, it’s all around us, multiplying with a fury. It’s there in every bathroom ever designed by John Pawson—especially those fucking baths. It’s written huge as though it were real by David Chipperfield. It swirls around in the Conran Shop. Its shadow falls over the IKEAn mass-dissemination of design. It’s there whenever you see a shadow gap. Its there when critics type the word “elegant.” It haunts us all.
Minimalism then is the erection of false history, a zombie culture, a hollow laugh at the failure of architecture. A kind of anti-architecture, replaying Modernism’s tropes to opposite ends. Not utopia, not social progress, not a better world, but an ultimate and mesmerizing nihilism.
Like all the undead, we can suppose its only real desire is for death’s release, for an end, for its animation by an external agent to cease. Which is where we started: an obituary for something that isn’t dead, but was never alive, yet is everywhere, all the time. Maybe we should write obituaries where once we wrote manifestos.
Edited by Strange Harvest is edited by Sam Jacob
Sam is a director of FAT, contributing editor to Icon, columnist for Art Review and teaches at the AA and Yale
E L dios del urbanismo sí que ha jugado a los dados con las construcciones, edificaciones y urbanizaciones. El dios del urbanismo, que en lugar de ente vaporoso es sustancia de ladrillo, ha arrojado los dados de los edificios sobre el tapete del paisaje, y han ido cayendo y se han ido quedando como Dios le dio a entender: sin orden ni concierto; apretados, apelotonados y amontonados unos sobre otros tal como si lo moderno hubiera sido construido por titanes beodos en una tarde de borrachera.
A la buena de Dios. A la buena de este dios del urbanismo que propende al caos. Urbanismo: la noble palabra, el noble concepto que ha sido tan distorsionado, adulterado y manoseado por políticos irresponsables, promotores-constructores sin ética, cómplices arquitectos de estética birriosa o particulares listillos y asociales. que hoy día, paradójica e injustamente, la palabra urbanismo sugiere todo un mundo de sensaciones y actuaciones negativas o fraudulentas.
En las últimas tres o cuatro décadas se ha edificado en toda España de forma tan bruta y tan brutal, en cuanto a la calidad, en cuanto a la calidad y en cuanto a la altura, anchura, largura y caradura que no salimos de nuestro asombro.
La sañosa agresión a nuestras ciudades, pueblos, playas y paisajes ha sido de una violencia sin parangón en los países de nuestro entorno. Hemos sepultado media España con una losa de ladrillo corrompido bajo la que se ha lavado el dinero negro de la delincuencia nacional e internacional; se ha desacreditado, más si cabe, la clase política municipal y regional; se han traicionado alevosamente los modelos arquitectónicos propios de cada región o comarca y se han cambiado por otros de estilo importado, plano, de pésimo gusto, repetido hasta la angustia tanto aquí como en Madrid: igualitariamente igual de feo y uniforme en Cabra, en Jaca o en León. Qué animalada. Conocido es el dato; en los últimos años, año tras año, se construía, sólo en nuestro país, más que en Alemania, Francia y Gran Bretaña juntas, estados que nos superan con amplitud en movimiento económico y renta per cápita, pero también en número de habitantes ya que en conjunto quintuplican al nuestro: España, 45 millones; Alemania, Francia y Gran Bretaña, 200 millones.
Esta locura generalizada e incontrolada ha sepultado vegas protegidas, ha invadido riscos y cerros, ha tapado ramblas, ha roto paisajes, ha cegado perspectivas y luces, ha enladrillado vientos y ha fomentado una ramificada corrupción en los consistorios, infinidad de ellos convertidos en auténticas cuevas de ladrones.
Ha habido ciudades donde el número de viviendas construidas en su cinturón urbano ha superado en un 150% el índice de aumento de su población. Y numerosos pueblos de 2.000 o 3.000 habitantes nos tenían proyectados planes para construir, en pocos años, 12.000 o 15.000 innecesarias viviendas en su término: a comisión cada permiso, claro, para el bolsillo del alcalde y del concejal. Los planes generales de ordenación urbana, en muchos casos, no han sido otra cosa que semillas de papel y letra plantadas en un territorio que, regado por licencias dudosas y no dudosas, dio una monstruosa cosecha de plantas de ladrillajo y cementón.
Todo a lo bestia: a lo bestia la desmesurada cantidad; a lo bestia la ínfima calidad; a lo bestia el mal gusto; a lo bestia los modelos arquitectónicos ajenos e impropios; a lo bestia la reiterativa imitación, grosera y paupérrima, de Le Corbusier.
No se ha construido en España, como debiera ser, entre el paisaje, en el paisaje, con el paisaje, para el paisaje, desde el paisaje y hacia el paisaje, sino, desafortunadamente, contra el paisaje y encima del paisaje. De igual modo, no se ha construido con la ciudad ni para la ciudad, sino, en demasiados casos, contra la ciudad y encima de la ciudad: no continuándola, completándola y respetándola, sino desvirtuándola y destruyéndola.
Casan mal con los centros históricos, y aledaños, de las viejas ciudades europeas o españolas, no digamos con nuestros pueblos, los altos bloques de pisos, la terraza corrida, las paredes ladrilleras, el espanto del volumen excesivo que nos cae encima como si nos sumergiera una ola de piedra en medio de un mar de ladrillo.
En ningún país se ha abusado tanto como aquí de esas intrincadas selvas de bloques de pisos, muy feos y extraños. En vez de tender a que toda la ciudad parezca centro (al menos estéticamente), hemos conseguido que toda la ciudad parezca arrabal. Hemos mutado la ciudad calmada y tranquila por la ciudad nerviosa, ruidosa y espantosa: menudo negocio.
Lo antiguo tiene y trae calma: uno se siente sosegado, hay como una paz en las cosas y en las calles antiguas que se transmite a quien las contempla. Sin embargo, no hemos respetado el modelo de ciudad aquilatado por los siglos. No hemos sabido continuarlo: ¡cuántas calles antiguas hemos desmantelado! Y seguimos. ¡Cuántos edificios con solera han caído y se han visto sustituidos por espantos completamente ajenos al tipo tradicional de la calle!
Se suceden los movimientos artísticos. Lo nuevo sustituye a lo viejo. En literatura, música o pintura la novedad reemplaza a lo gastado, pero no lo destruye. El problema de la arquitectura es que, en más ocasiones que las deseables, lo nuevo arrasa lo antiguo, lo destruye y lo liquida. Lo bonito, y lo difícil, sería saber conjugar lo nuevo con lo antiguo, sin suplantarlo, sin violentarlo, sin montarse encima.
El urbanismo, lo urbano, debiera tender a ser una línea continua en el tiempo y en los modos de la ciudad. Y una línea continua de la naturaleza, del paisaje, de la geografía en la que tal localidad se ubique; y no un punto y aparte como ha venido siendo en los últimos muchos años. Las intervenciones debieran estar tan integradas en el entorno que casi no se notaran. Lo demasiado evidente es, creo, un error. Las mejores actuaciones son aquéllas que de tan tenues nadie repara en que allí se ha actuado artificialmente.
Es lo mismo que aquella mujer a la que alguien dijo en una fiesta: ¡Qué elegante va usted, señora! Y ella contestó: «No, si usted lo ha notado».
Pues igual.



